LA TRANQUILIDAD DEL CABRIL

La consejera de Medio Ambiente de la Junta, Cinta Castillo, ha visitado el Cementerio Nuclear del Cabril. Ha recorrido las instalaciones, ha escuchado las explicaciones de los técnicos, ha almorzado y ha considerado la propuesta de Enresa, Empresa Nacional de Residuos, de levantar en el poblado minero de Santa Bárbara, inserto en el complejo atómico, unas aulas de formación. Al final del paseo ha dicho que aquello es “tranquilo”.

Es lo último en la política de comunicación, educación y adoctrinamiento que están pensando para convencernos a todos de la bondad de la escoria e industria nuclear. El modelo es eficaz. Como periodista vengo observando periódicamente la estrategia.

Cada año, desde hace doce, la empresa que gestiona la basura radiactiva organiza y paga un seminario sobre sobre periodismo y medio ambiente. Después del verano, varios especialistas de la cosa cosa disertan sobre la agonía de los océanos, la revolución biológica y el manejo de las fuentes en la noticia ambiental. Temas recurrentes sazonados por comilonas que se ofrecen a los asistentes.

Líderes del sindicato UGT sonríen tras los bidones radiactivos

Líderes del sindicato UGT sonríen tras los bidones radiactivos

También organizan periódicas visitas al Cementerio Nuclear para que los periodistas periodistas vean in situ las magníficas instalaciones de El Cabril, donde no se escapa ni un átomo ni se ve la radioactividad por ningún resquicio de tan impolutas naves que guardan para la eternidad la porquería radiactiva.

Me consta que la empresa nacional envía cada navidad a un selecto grupo de profesionales del periodismo periodismo “obsequios comestibles” para ayudar a unas fiestas cómodas sin la intranquilidad que produce tener un basurero atómico en una zona declarada Parque Natural. El único almacén nuclear de España que nació clandestinamente a principios de los sesenta y que descubrió un periodista cordobés, Sebastián Cuevas, ya desaparecido.

Un modelo a imitar, el de la investigación, la solvencia y la independencia del periodismo, hoy por desgracia en desuso en esta profesión malograda convertida en canal propagandístico de quien te da de comer. Aquí, literal, ya que son famosos los banquetes que  Enresa ofrece a quienes visitan sus nichos nucleares.La noticia de la que parto me inquieta aún más que la dejación de las obligaciones periodísticas.

Una escuela pronuclear para que se aleccione a cuantos se matriculen en las excelencias de la industria nuclear. Ya llevan tiempo formando periodistas adeptos a la cosa, ahora, con la complicidad de la autoridad educativa, organizarán allí clases magistrales que integren el mundo nuclear en nuestras vidas cotidianas.Práctica en la que son expertos ya que cada año, los de Enresa invitan a miles de personas a que recorran la Sierra Albarra como si de un parque temático se tratara.

Toda clase de personajes de mayor o menor relieve que tras el postre declaran a los medios lo bonito que está el paisaje y la tranquilidad que transmite el Cabril, donde la actividad está perfectamente asumida por todos. Muchos, desde luego, porque están en nómina, como la propia Junta a través de la eufemística eco tasa, los Ayuntamientos de la zona, o la Universidad de Córdoba que recoge fondos para su Cátedra de Medio Ambiente que creara el Ex Rector Eugenio Domínguez. Personaje de birrete, afín al Psoe y que fue nombrado años después por el Ministerio de Industria asesor para la búsqueda de un emplazamiento del cementerio nuclear de alta actividad y larga vida, que nadie quiere.Domínguez hace bien su trabajo y ya se afana en  pregonar como ¿científico? que es la energía nuclear tan bondadosa como la sonrisa de un niño.

Visita de escolares al Cabril

Visita de escolares al Cabril

Con todos estos mimbres, pronto se dejarán caer por aquí en tropel abanderados de la industria atómica y nos colocarán el gran basurero, una vez que se ha aceptado, consentido y hasta aplaudido el basurero del Cabril. Lo más gracioso de toda esta desquiciada y peligrosa historia, que arranca con la colocación de la escoria nuclear en pleno parque natural de Hornachuelos, es que Enresa proclame en su web que cuida por el medio ambiente y las personas, reedescubriendo así las espectaculares propiedades que para la salud y el medio tiene la industria del átomo, capaz como se sabe de producir monstruos y sufrimientos como los creados en Chernobyl.

Una tragedia que sin embargo no se estudia en el Seminario de Medio Ambiente que cada año organiza Enresa y que tampoco se incluirá en el programa ¿formativo? del aula que un día de éstos inaugurará la Consejera de Medio Ambiente en el antiguo poblado minero de Santa Bárbara. Una aldeíta contigua al lugar elegido para la ampliación del Cabril, que según El Día de Córdoba haría las delicias de cualquier turista rural. La seguridad, las filtraciones radiactivas de los bidones se sigue cuestionando como ha hecho el grupo ecologista Hornasol de la localidad cordobesa de Hornachuelos, a cuyo término pertenece el Cabril.

Antiguo poblado El Cabril

Antiguo poblado El Cabril

Han presentado preguntas sobre el riesgo de contaminación nuclear de la zona y eso tiene desde luego escasa repercusión en los medios locales, atiborrados de dádivas diversas realizadas en metálico o en especie por la empresa nacional. Otros, como la minoritaria Diagonal, en cambio, sí ponen en tela de juicio los posibles perjuicios que causa tan “inocente” instalación radiactiva en la que se anuncia la ubicación de una granja escuela. Un proyecto, que tal vez nunca vea la luz, pero que al anunciarse la autoridad medioambiental da por sentado que aquello es tan sano como los Picos de Europa.
Una granja escuela allí donde enfermaban hasta casi la muerte los obreros que desentrañaban  la pecblenda, el mineral de donde se extraía el uranio en la España de Franco. No se explicará que la extinta Junta de Energía Nuclear y Empresa Nacional del Uranio, hacían desaparecer a quienes se contaminaban mortalmente en la mina de la incipiente industria nuclear española.
Ni tampoco que la Sierra Albarrana sea una zona sísmica, ni lo arriesgado que resulta el transporte de la basura, ni la hipoteca de futuro. Tampoco si hemos de asumir los costes ambientales que este tipo de instalaciones tienen, las filtraciones, los accidentes, posibles atentados… Estas materias se ocultarán para que no haya bicho viviente que cuestione la inocuidad de la industria que nació del horror de la guerra y las masacres de Hiroshima y Nagasaki. Pero eso, dirán los profesores y científicos, ya es historia.

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