18 F.ENSAYO PARA LA LUCIDEZ

Un libro del Nobel José Saramago, “Ensayo para la lucidez”, simula las consecuencias que tiene el plante de los electores de un país cualquiera a unos comicios legislativos. En la novela, una especie de epidemia abstencionista se apodera de los votantes. Sin consignas previas ni lideres de la causa, los vecinos de esa nación, sencillamente no votan. Y no lo hace nadie. Es muy recomendable su lectura. El gobierno de turno incluso organiza un atentado para provocar una reacción y que la gente recupere la práctica de depositar una papeleta en la urna. Una hipotética reacción que me viene ahora al recuerdo tras la fuerte abstención registrada en el referéndum para la reforma del Estatuto Andaluz. Preocupa y mucho la falla que cada vez más separa a los políticos de los ciudadanos. En otros países de nuestro entorno geopolítico, los gobiernos se conforman con un respaldo que raras veces alcanza al cincuenta por ciento. Esa es la tónica que manifiesta el hartazgo de los electores de la llamada clase política. En este caso, llama la atención que no haya habido confrontación entre los diferentes partidos. Una coincidencia sumamente sospechosa de un consenso que no distingue discursos alternativos. Todos abrazan el centro y no hay mensajes diferenciados. Todos han coincidido en señalar que el Estatuto es el mejor marco posible para el futuro bienestar de los votantes. Pero escuchando algunas de las proclamas de los recaudadores de papeletas, he oído decir que con la nueva norma se propiciará empleos estables y de calidad, o que con esa literatura se atajará la violencia doméstica a la mujer. Los discursos han sido demasiado fáciles para ser creíbles. Es cierto que los principios que se marcan son deseables y por tanto merecedores de ser suscritos por quienes deseamos un mundo mejor. Pero la percepción que he tenido es la demagogia que los encerraba y el considerar a los destinatarios de los mensajes algo así como imbéciles, prometiendo acaso realidades que no se van a transformar desde la gestión política, subordinada como vemos a la gestión del mercado. El cambio cultural además que necesita un cambio social no sólo es inapreciable, sino que el modelo consumista, individualista y acrítico se impone cada vez más entre nosotros. Sólo basta echar un vistazo a la programación televisiva de las empresas públicas de comunicación. En ellas se impulsa un mundo insolidario, fatuo y triste. El patrón consumo luego existo ha enterrado al que dio origen al que apelaba a la razón como fundamento de la existencia humana. Nos quedamos en casa por la tomadura de pelo de la realidad nacional, por el despilfarro que ha supuesto una campaña pagada con fondos públicos con discursos uniformes, por no secundar propuestas alejadas de nuestros problemas más acuciantes como la vivienda, la educación o el medio ambiente. No fuimos, por no ser cómplices de una estrategia que, usando como excusa la cita estatutaria, en realidad ha sido catapulta de candidatos a los ayuntamientos , pagada la campaña, eso sí con fondos públicos. Lo peor no es la abstención, lo peor es ese divorcio de los ciudadanos con sus representantes públicos que puede abonar la llegada de cualquier caudillo que abandere posiciones autoritarias que instauren aquello de “una unidad de destino en lo universal “, que suena, mira por donde, a esto otro de una “realidad nacional”.

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